1 día como Learning Support Assistant
- 15 ene 2022
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 5 jun 2022
—La trabajadora a la que estás sustituyendo va a venir ahora. Su test ha dado negativo, así que ¿te importa venir conmigo a ver dónde podemos ponerte?— Esta es una pregunta que se escucha mucho trabajando en coles de Reino Unido. El movimiento de personal en educación es un tetris diario.

¿Cuánto queda para irme a casa?
Una hora y 10 minutos
Entramos a un aula donde hay un estudiante y una trabajadora.
—[...] Pero en la familia no es todo libertad y puede haber cautividad— dice el chico.
—Sí, la familia puede ser un espacio de esclavitud —responde el profesor sumándose a la conversación.
Hay un segundo de silencio y decido rellenarlo:
—Yo me siento una esclava. —digo jugándomela. Acabo de conocer a todas las personas que hay en la habitación y temo su reacción, pero por alguna extraña razón (burnout) lo digo igualmente.
—¿Ves? —sentencia el profesor.
Me sorprende su reacción, no habría imaginado que me seguiría el rollo. Pero puede ser justamente eso. Seguir la corriente a todo el mundo porque quiere irse cuanto antes. Acto seguido manda a la trabajadora a otro aula donde ocupará el espacio de otra compañera, para que la otra blablabla y así blablabla.
Yo me quedo con el chico que habla sobre esclavitud. Le saludo con gesto de a sus ordenes, mi coronel. El profesor se ríe y eso le da el empuje necesario para irse.
Ahora que estamos sin autoridad, aprovecho para preguntar cuál es el plan.
Ni idea. La chica también está sustituyendo a alguien. Nos quedamos mirando al chico esperando una respuesta, igual él sabe.
—Soy artista, dibujo, pinto y hago cosas con las manos. También me gusta la ciencia.
—Qué interesante —dice la trabajadora y aprovecha también para irse.
—Me gustaría que leyéramos un libro— dice mirando cómo se va la chica.
Acato la orden y nos dirigimos hacia la estantería. Hay una gran colección de Roald Dahl y eso me hace sentir bien.
¿Cuánto queda para irme a casa?
Una hora
—Le digo que me gustaría ser Roald, porque era muchas cosas y sus libros son de mis favoritos.
—Pero está muerto, ¿te gustaría estar muerta?
Me contengo la sonrisa. Su pregunta me encanta.
—Igual no esa parte, pero era piloto y tuvo una vida muy interesante.
—Pues si te gusta tanto coge uno de sus libros y lo lees.
Volvemos a la mesa con James y el melocotón gigante.

—¿Sabes que las circunstancias de que vivamos en este planeta son muy concretas?— pregunta sin esperar respuesta. —Pero el universo es tan inmenso que es posible que haya vida en otros planetas.
—Es muy egoísta pensar que solo nosotros existimos —afirmo.
—Pero igual consiguen crear vida en Marte.
—Igual nos vamos allí si seguimos así.
—Puede ser.
Me siento a su lado y abro el libro. Trato de actuar un poco con la voz y noto cómo presta más atención cuando lo hago: seguramente no se lo espera y trata de entender qué hago.
"Un día, la madre y el padre de James fueron de compras a Londres, y allí sucedió una cosa terrible. Ambos fueron devorados en un santiamén (en pleno día, fíjate, y en una calle llena de gente) por un enorme rinoceronte furioso que había escapado del zoológico de Londres."
Me acuerdo de otras vidas, donde leo ese mismo libro para mí misma y donde escribo
Jaime y la gran decisión
Los tres presentes se unen en esa lectura en alto.
¿Cuánto queda para irme a casa?
45 minutos.
El chico tiene muchas preguntas.
—¿Por qué un rinoceronte? ¿No sería más lógico que fuese un león?
—Buena apreciación. Creo que trata de que no sea convencional lo que leemos. Espera que no te lo esperes.
—Ah, ¿y qué quiere decir con "fíjate"?
—Bueno, trata de ser gracioso y dar énfasis. También de hablar directamente al lector. Ser cercano, como si estuviese presente y te lo estuviera contando. —El chico se queda pensativo y dice:
—Continua.
"Esto, como podrás comprender, fue una experiencia de lo más desagradable para unos padres tan cariñosos. Pero a la larga aún fue más desagradable para James que para ellos, pues sus problemas se acabaron en un instante."
—¿Estás de acuerdo con quién sufre más? —pregunto curiosa.
—Creo que puedo comprenderlo.
—Sí, porque el que se queda con la ausencia es James.— Y creo que lo entiende, pero entiende literal y muchos significados se le escapan. Él también lo sabe y prefiere que si nos estancamos, dejemos de hurgar y leamos. También se da cuenta de que pronuncio alguna palabra diferente y me corrige. Sabe que tiene que ser considerado, da énfasis a que no trata de ofenderme. Y al mismo tiempo que me ofende, mi interés por él aumenta. Es inteligente, interesante y no sé lo que va a decir. Le explico que soy de España, que me corrija todo lo que quiera.

—¿De España de México?
—De España de España.
—...
—México está en Centro América, España está en Europa.
No sé si mi explicación ha sido suficiente, pero cojo el libro de nuevo. Me salto la palabra que me ha corregido y antes de seguir entra otra trabajadora.
—Hola, ya estoy aquí. ¿Podrías ir a la clase de enfrente y quedarte allí el resto del día?
—No— me gustaría responderle, pero recuerdo mi estado de esclavitud. El breve momento de libertad ha terminado. —Claro— respondo. Me levanto, coloco mi silla y le digo al estudiante que mira los dibujos del libro con interés que encantada de conocerle, porque de verdad me había encantado.
¿Cuánto queda para irme a casa?
20 minutos
En la clase de enfrente hay un niño con unos cascos anti ruido. La profesora está en su mesa. Me dice que es de agencia,
¿Cuánta gente de agencia
trabamos en este colegio?
¿Y en cada colegio?
¿Cuánta gente de esta ciudad
trabaja de agencia en colegios?
así que no sabe muy bien qué hay que hacer con él. Pero al parecer es muy explosivo, así que mejor darle espacio y no tratar de forzarle.
Estupendo. Siento que le tienen miedo a un niño, o más bien, que han pasado de él. Y éste ha aprendido mediante explosiones emocionales a salirse con la suya. Me siento en una mesa cercana al chaval, quiero darle espacio pero al mismo tiempo que sepa que estoy ahí para él. Saco mis hojas y un boli, me pongo a escribir.
En cuanto llega el resto de la clase, el chico sale al pasillo y yo voy detrás. Nos sentamos en una mesa preparada para estas ocasiones.
Hay mucho barullo en la clase: unos leen, otros hablan, otros escriben.
Siento envidia.
—¿Quieres elegir un libro y lo leemos? —le pregunto porque no sé cuál es su rutina.
Niega con la cabeza con gesto de fastidio.
—¿Qué te gusta hacer? —repite la acción y el gesto. Se queda mirando en dirección opuesta a mí. Pillo el mensaje: saco mi hoja y boli.
—¿Cuánto queda para irme a casa? —me pregunta muy serio mientras mira lo que estoy escribiendo.
—No tengo reloj, ¿quieres entrar a la clase y mirarlo?
—No sé leer el reloj de clase.
Entro al aula y una alumna está leyendo de la pantalla de televisión en voz alta.
—Queda una hora y 20 minutos— le digo a la que vuelvo.
El chico asiente con la cabeza con gesto de fastidio y reposa su mirada en sus brazos cruzados.

Esa misma mañana, antes de que viniera la trabajadora a la que estaba sustituyendo, yo estaba mirando la pantalla de un ordenador con cierta ansiedad, pensando formas de motivar a un peque con diversidad cognitiva de 1º de primaria a hacer ejercicios aburridos de lengua y matemáticas.
Su rutina consistía en buscar en el ordenador imágenes para colorear. Imprimirlas y concentrarse ampliamente en ellas. Cualquier cosa que no fuera eso le resultaba terriblemente molesto y contestaba a todo con un «NO».
La idea es que las actividades formativas sean atractivas para ellos, porque como dicen aquí, no hay que tratar de forzarles, sino que se sientan entretenidos. Eso está genial porque creativamente se pueden hacer muchas cosas. Como con la excusa de colorear, meter contenido en las láminas, hacer que escriban el nombre del personaje… Crear rutinas que sean manejables. Enfocadas a sus necesidades. El problema es cuando se trata que un niño con diversidad cognitiva haga el mismo ejercicio que hace el resto de la clase, como es este el caso. Y sabiendo que insistir en que lo haga no es la solución. Con lo cual
¿Cuánto queda para irme a casa?
5 minutos
Con lo cual cuando aprenden que si se niegan y tienen una rabieta consiguen lo que quieren, el trabajo se complica. ¿Y qué pasa a la larga con estos niños que aprenden este truco?
—Miss, Miss —dejo de escribir.
La profesora está en el pasillo mirándome.
—Ya es la hora.



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